El laurel es “polígamo”. Puede tener, al mismo tiempo, flores masculinas, femeninas y hermafroditas. La flor, pequeña y amarillenta, es reemplazada por una frutilla morada de una sola semilla del tamaño aproximado de una uva. Este árbol es cultivado en México, Estados Unidos y en algunos países mediterráneos, tanto por la utilización de sus hojas en cocina como por su uso ornamental.
En la antigua Grecia y en Roma, las coronas de laurel eran otorgadas como símbolos victoriosos. Así, el galardón de los triunfadores en las Olimpiadas, que se iniciaron en el año 776 a.C. consistía sencillamente en una corona de laurel. De la misma manera, los poetas y los escolásticos de aquel entonces eran “laureados” con guirnaldas de hojas, ramas y frutillas de laurel cuando se les otorgaba algún reconocimiento por sus logros académicos.
En Roma el apreciado simbolismo de gloria del laurel, era tan sólo superado por el de sus efectos fetichistas. Se dice que el Emperador Tiberio profesaba una gran fe en la creencia popular de que las hojas del laurel eran una efectiva protección contra los truenos y los relámpagos; de forma que durante las tormentas eléctricas, se colocaba una corona de laurel en la cabeza y se escondía bajo la cama.
En tiempos bíblicos, tanto en Palestina como en el resto del Medio Oriente, el laurel debe de haber sido ya conocido y cultivado, pues se menciona en los salmos “… He visto al débil que al adquirir el poder, se ensancha como un verde árbol de laurel”. Este regio árbol, de verdor perenne, debe haber sido una excepción en una región tan árida y de tan pobre flora.
La aplicación en cocina y el aprecio del aromático perfume de las hojas del laurel, nos lo ha enseñado la cocina francesa. Una o dos hojas secas en un guiso, un potaje o sobre un pescado cocido al horno, hacen maravillas por el sabor y la esencia del platillo terminado.
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Por Armand Dubois.
Publicado originalmente en Maria Orsini, el arte del buen comer. No. 18, Año 1989
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