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Tipos de suelo

Arcilloso, arenoso y turbera

Gracias a la erosión de la tierra y a la actividad de los seres vivos la corteza exterior de la tierra se ha convertido en lo que conocemos como 'suelo', que constituye la base fundamental para el crecimiento de las plantas.

El tipo de sustrato, la estructura y el abono juegan un papel esencial en el desarrollo de las especies que poblarán el jardín.

De hecho, dependiendo del suelo, así elegiremos unas variedades u otras.

Suelo


En realidad, la mayoría de plantas pueden crecer en cualquier parte, sólo que algunas están más a gusto en unos terrenos que en otros.

El suelo constituye la base principal sobre la que se asienta una planta y si un ejemplar no está en su sitio adecuado nos lo hará saber en un futuro no muy lejano.

 

Normalmente, esa planta crece y florece peor que otra de la misma variedad que sí se encuentra en el lugar apropiado.

 

No obstante, cuando compramos una planta que no resulta muy acertada para el tipo de suelo del jardín, siempre es posible adaptar la tierra a las necesidades de la nueva adquisición.

 

Por ello, todo jardinero deberá conocer el tipo de terreno antes de llevar a cabo el cultivo.

 

Suelo


 

Tierra arcillosa, arenosa y turbera

 

Tierra arcillosa

La tierra arcillosa consta de partículas muy pequeñas que están muy cerca una de otra. Por eso, se considera un suelo pesado con una estructura fija.

La arcilla nunca está completamente pura en el sustrato, sino que se encuentra íntimamente ligada con la materia orgánica.

Cada otoño, es conveniente remover la tierra arcillosa y proveerla de material orgánico como, por ejemplo, compost casero.

En verano es aconsejable mantener suelta la tierra superficial, escardándola con regularidad. De este modo, se garantiza que las raíces obtengan suficiente oxígeno.  

Como la tierra arcillosa retiene muy bien el agua, casi no hace falta regar. Por otra parte, en períodos lluviosos, el agua se quedará en la superficie. Si se riega en exceso o llueve demasiado puede encharcarse y tener un mal drenaje. En esos casos, no se debe pisar el suelo y hay que dejar que el agua baje por sí sola.

 

Pero no todos los suelos tienen un mal drenaje. A pesar de ello, los terrenos arcillosos tienen mayor fertilidad potencial que otros tipos de tierra, pues pueden proporcionarle a las plantas mayor cantidad de nutrientes.

 

Suelo arcilloso


(Imagen/ Flickr: KIDD99)

 

Tierra arenosa

La tierra arenosa consta de partículas grandes, que están sueltas y apiladas, unas encima de otras.

Las plantas en un suelo de estas características casi nunca sufren falta de oxígeno, pero la sequía sí que puede dar problemas.

Por eso, antes de la plantación, se aconseja mezclar la tierra con abundante material orgánico y regar periódicamente cuando no llueva.

Hay que suministrarle agua con mucha frecuencia, pues este tipo de suelo se caracteriza por su incapacidad para mantener líquido. No obstante, las dosis deben ser reducidas para evitar el encharcamiento.  

Para un buen crecimiento de las especies del jardín es, por tanto, deseable abonar por lo menos cada primavera para subsanar las pérdidas de nutrientes que se producen en las raíces por el arrastre de minerales que lleva consigo el riego abundante.

 

En caso de cultivos de crecimiento vigoroso, se vuelve a echar un poco de abono en mayo y junio. Lo ideal es enriquecer el sustrato con fertilizantes que demoren su disolución y permitan que la raíz los absorba poco a poco. De este modo, la pérdida en cada riego será mínima.

 

Suelo arenoso


(Imagen/ Flickr: iakoubtchik)

 

Turbera

La turbera es una mezcla de tierra con restos de plantas podridas y semipodridas, así que es, por naturaleza, un tipo de suelo rico en material orgánico.

Un posible problema es que el terreno esté demasiado húmedo, o que el nivel de la capa freática sea muy alto.

Este inconveniente se puede remediar plantando los árboles, arbustos y plantas vivaces en un pequeño levantamiento. De este modo, las raíces penetrarán más profundo en la tierra y tendrán una vida más larga.  

Por otra parte, debemos recordar que un suelo sano es un suelo vivo y activo. Es decir, un suelo donde hay lugar para diferentes bacterias, mohos, insectos, gusanos, pero también para algún ratón o topo, por ejemplo.

 

Esta vida subterránea es necesaria para conseguir y mantener un suelo suelto, fértil y sano. La enorme variedad de seres vivos que habitan en el subsuelo, donde convergen una serie de minúsculos y desconocidos seres vivos, es vital para el futuro ecológico del planeta.

 

Turba


(Imagen/ Flickr: obvio171)

 

Ricos y pobres en cal

Los tipos de terreno se pueden diferenciar uno de otro de varias maneras.

Así, por ejemplo, existen tierras arcillosas y arenosas, pero también suelos pobres y ricos en humus, que no es otra cosa que la materia orgánica del terreno.

Asimismo, la cal del sustrato es otro determinante para conocer cuáles son las variedades de plantas que podemos cultivar.  

¿Hay mucha cal en el suelo? Entonces el pH es superior a 7.

 

A un suelo con poca cal se le llama suelo ácido: el valor del pH es inferior a 7.

 

En un suelo neutro el pH es aproximadamente 7.

 

La mayoría de las plantas prefiere crecer en un suelo neutro o algo ácido.

 

Algunas plantas, como por ejemplo el brezo, el rododendro y la azalea, prefieren que sea muy ácido. Con una pequeña prueba, podemos determinar fácilmente el grado de acidez de su suelo.

 

Un terreno demasiado ácido se abona en otoño con cal. Ésta ayuda a mantener una buena estructura y una vida sana del suelo. Además, este elemento hace que se libere nutrición para la planta.

 

Por otra parte, para la mayoría de las plantas no es bueno un exceso de cal; usaremos en estos casos fertilizantes ácidos y turba para corregirlo.

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